Reestructuración de las cadenas de suministro: nearshoring, friendshoring y diversificación.
La disrupción ocasionada por la pandemia de COVID-19 y las tensiones geopolíticas recientes (como la guerra de Ucrania o las rivalidades comerciales) han puesto de manifiesto la fragilidad de las cadenas de suministro demasiado concentradas. En respuesta, la próxima mitad de década verá una reorganización significativa de las cadenas globales de valor en busca de mayor resiliencia.
Inicialmente, muchas multinacionales y gobiernos plantearon estrategias de nearshoring (acercar la producción a los mercados domésticos) y friendshoring (trasladar suministros a países amigos y confiables) para reducir la dependencia de proveedores lejanos o de potenciales adversarios.
Esta tendencia ya comenzó a materializarse: por ejemplo, Estados Unidos y Unión Europea han fomentado la localización de fábricas de semiconductores, baterías y otros bienes críticos dentro de sus fronteras o en naciones aliadas.
América del Norte vive un resurgimiento industrial en México por su proximidad y costos competitivos, mientras Unión Europea explora mayor integración con Unión Europea del Este, el Mediterráneo y África para diversificar sus fuentes. América Latina, en particular, ha sido identificada como ganadora potencial de esta reubicación productiva: tanto el nearshoring como el friendshoring seguirán impulsando inversiones hacia la región, atrayendo plantas manufactureras e inversiones que antes se dirigían a Asia.
México encabeza esta oportunidad gracias a su pertenencia al T-MEC, pero otros países como Brasil, Costa Rica, República Dominicana o Colombia también buscan captar proyectos en sectores como la automoción, textiles, dispositivos médicos y servicios globales.
Con todo, la reestructuración de las cadenas no significa un giro hacia la autarquía, sino más bien una. diversificación geográfica calculada.
Estudios recientes muestran que en 2024 las empresas comenzaron a ir más allá de limitarse solo a aliados o regiones cercanas: en lugar de una concentración regional, están repartiendo sus redes de producción y abastecimiento en múltiples regiones para mitigar riesgos.
Este rediseño apunta a lograr un balance entre eficiencia y seguridad: se mantiene la búsqueda de costos bajos y escalas globales, pero evitando colocar “todos los huevos en una sola cesta”.
Como resultado, podríamos ver cadenas de suministro híbridas: parcialmente regionalizadas (para bienes cuyo abastecimiento confiable sea prioritario, como insumos médicos o componentes estratégicos) y parcialmente globales (para bienes menos sensibles donde prime el costo).
Un efecto de esta diversificación es que actores antes periféricos en el comercio ganan relevancia; por ejemplo, economías emergentes medianas están asumiendo un papel más destacado como nodos alternativos en las redes de valor.
Para la Unión Europea, reforzar su autonomía estratégica implica asegurar el suministro de insumos críticos (chips, minerales raros, productos farmacéuticos) mediante alianzas con países de confianza e iniciativas internas de incremento de capacidad.
En América Latina, la consigna es aprovechar la ventana de oportunidad: si la región mejora infraestructura, clima de inversión y acuerdos comerciales, puede consolidarse como proveedor fiable en rubros donde ya tiene ventajas (manufacturas ligeras, agroindustria, minería sostenible). De hecho, en 2024 ya se constató que países latinoamericanos captaron inversiones redirigidas por friendshoring, y la expectativa es que esta ola continúe en los años siguientes.
No obstante, la transición no está exenta de dificultades. Reubicar cadenas supone costos iniciales elevados, reconfiguración logística y necesidad de desarrollar proveedores locales con calidad suficiente. Es posible que en el corto plazo estas medidas redunden en cierta inflación de costos de producción y retrasos mientras se construyen nuevas capacidades. También subsiste el riesgo de que divisiones geopolíticas más profundas lleven a bloques comerciales estancos, lo que fragmentaría la economía mundial. Por ahora, la evidencia apunta más a una reducción de dependencias críticas que a un colapso de la interdependencia global: las empresas siguen valorando mantener acceso a múltiples mercados, pero con mayor precaución y redundancias.
Para Unión Europea y Latinoamérica, reforzar la cooperación interregional puede ser una estrategia inteligente –por ejemplo, promover encadenamientos productivos UE-América Latina en sectores clave, apoyándose en acuerdos comerciales birregionales–. En resumen, de 2025 a 2030 veremos cadenas de suministro más dinámicas y menos concentradas geográficamente. Aquellas regiones que ofrezcan estabilidad, cumplimiento de estándares y cercanía al consumidor (geográfica o política) estarán mejor posicionadas para integrarse en las nuevas configuraciones del comercio mundial, mientras que depender excesivamente de un solo mercado o proveedor será visto cada vez más como un riesgo que pocos estarán dispuestos a asumir.
